25 jun. 2010

USAC: ese aletargado dinosaurio...

Mientras los centros privados de enseñanza superior avanzan en la senda del progreso y la tecnificación, la gigantesca momia que tenemos por Universidad se aferra al pretérito.

Hace tiempo que la Máxima Casa de Estudios en Centroamérica dejó de ser el referente intelectual del país, para convertirse en una simple fábrica de profesionales; la mayoría de los cuales no serían considerados tales en el primer mundo.

En el armatoste que tenemos por Universidad, el maquillaje es llamado «infraestructura» y una pila de ordenadores sobrevalorados, «tecnología». Maquillaje que pretende disimular un hacinamiento creciente. Ordenadores que permanecerán almacenados, empolvándose durante dos años antes de poder ser utilizados, porque falta la firma del conserje, que está sindicalizado y demandó a la Universidad porque lo pusieron a barrer y tal menester no está en su contrato, por lo que tiene tres meses devengando un salario sin presentarse a trabajar.

En la Universidad, el tiempo se ha detenido. Y mientras oculten el agujero de la mediocridad, los espejos de colores seguirán subsanando las verdaderas carencias.

En la Universidad, la remodelación consiste en aplicar pintura sobre paredes huecas; porque el robustecerlas no es prioridad. Es preciso pagar favores políticos; y el presupuesto no alcanza.

En la Universidad, el desafío de generar Conocimiento dejó de ser virtud; y nos conformamos con transmitir lo mínimo requerido. ¿Para qué fatigarse? Lo que importa es el flamante título que extiende la Tricentenaria. Nuestro prestigio es vigente única y exclusivamente en nuestro pasado; mismo que invocamos una y otra vez, ad náuseam, conscientes de que el presente es, simplemente, pobre. ¿Para qué crear nuevas glorias, si podemos seguir reciclando las antiguas?

En la Universidad, consumimos mil millones de quetzales anuales, que paga el pueblo de Guatemala. Millardo con el que, además de los espejos, compramos estiércol que arrojamos al patio del vecino elitista. Uno que no tiene trescientos años de gloriosa historia. Un insignificante vecino que, salvo excepciones, está un paso delante de nosotros en casi todos los campos del saber humano. Pero nosotros tenemos tres siglos de vida académica. ¿Ellos? Un par de irrisorias décadas. Eso es suficiente para ser los mejores. Seguimos enarbolando torpemente la premisa de que el pasado propio anulará siempre el presente ajeno; haciendo al resto de menos, cuando, en realidad, hoy es más que nosotros.

En la Universidad, no hay tiempo para el Humanismo. El estudiante está agotado, agobiado, y sólo quiere graduarse. No hay tiempo para pensar en el país. Y todo es culpa del vecino elitista.

En la Universidad, nos quejamos de que nos recortan los fondos. Aun así, tenemos dinero suficiente para pagar costosos salones en las zonas más exclusivas de la ciudad y sufragar actos superfluos para vanidad de nuestras autoridades; mismas que, en el Campus, deberán cagar en sus baños privados cuando deseen hacerlo, porque los de los estudiantes son inmundos, o están cerrados.

En la Universidad, el jardín es lindo y los ignorantes imparten cátedras. Los genios son nonagenarios, y ya no tienen fuerzas para volver a los salones. Toca, pues, al estúpido el privilegio de la docencia.

En la Universidad, los recesos son más largos que las horas efectivas de clases; y basta con que un estudiante espurio, de entre cien mil, imponga su voluntad y nos impida el acceso, ocultando el rostro tras una capucha bastarda. El revoltoso tiene ganas de anarquía: cerremos la Universidad. Y el maldito círculo que consiente los vicios nunca termina.

En la Universidad, las mentes brillantes emigran, porque si permanecen no avanzarán un sólo centímetro. Y si intentan cambiar las cosas en beneficio de otros, se estrellarán contra el dinosaurio de la burocracia. Ese aletargado dinosaurio... Pero al menos recibirán una palmadita en la espalda. Patojos ingenuos.

En la Universidad, la Asociación de Estudiantes es una caricatura; un grupo de serviles que besarán el culo de cualquiera que financie sus caprichos de poca monta. Unas cajas de cerveza bastarán para obtener una felación.

En la Universidad, el Honorable... no merece mención. No desperdiciaré tinta.

En la Universidad, las elecciones son un circo triste. Uno con el que divertimos al vecino; mientras éste avanza, y sigue avanzando.

En la Universidad, la lógica no existe: el imbécil, abundante, tiene poder; y el visionario, impotente, es subordinado.

En la Universidad, la Revolución está en nuestras bocas, pero no en nuestras mentes. Todos hablan, pero nadie comunica. Todos proclaman, pero nadie ejecuta. Todos dicen «el pueblo», pero nadie lleva la Universidad hasta él; para sacarlo de su ignorancia. Y éste ha dejado de creer en aquélla.

En la Universidad, las tesis son un elegante medio para gastar papel; y los problemas que aquejan a las gentes sólo sirven para obtener una Licenciatura.

En la Universidad, la Ausencia es un huésped permanente; la Ilustración agoniza; y el dinosaurio, torpe, es manoseado por el codicioso... pero hay internet inalámbrico. Y con eso somos la mera verga.

El Patrimonio más grande de la Nación, se convierte poco a poco en el más pesado de sus lastres, para tragedia de la Nación; y en el más indiferente de sus hijos, para vergüenza de la Memoria.

La Ciudad Intelectual del País se niega a despertar.

¿Id y Enseñad a Todos?

1 comentario:

  1. Pero nos desgastamos en ataques de centro a centro educativo sin tratar de acortar distancias y buscar un camino común, donde se pueda jalar un carretón grande y fuerte donde quepa Guatemala

    ResponderEliminar