2 abr. 2013

La Dificultad de Matarte

No sé cómo pero el relato sin nombre logró ganar su respectiva eliminatoria de octavos en el concurso. Eso me puso en aprietos, pues si me había costado crear eso que para mí fué un connato de relato (nació justo la noche en que vencía el plazo de entrega, gracias a las tres personas que ví en una esquina en el camino de vuelta a mi casa), me iba a costar más hacer algo que pudiera seguir avanzando en las demás etapas. Ahora ya se me había metido que no sólo iba a ser un "veamos qué pasa" sino que quería ganar el concurso.

La exprimidera de cerebro siguió y el plazo se veía cada vez más cercano. Otra vez, en el día de vencimiento del plazo de entrega, nació el siguiente relato: _________________________________________________________________________________

La dificultad de matarte:

El frío de Noviembre le calaba los huesos. Detrás de él la carretera estaba tendida y era una invitación a un paseo sin destino que le podría calmar esa ansiedad mezclando el ruido de sus pensamientos con el viento y la velocidad. Pero no, esta vez no… la última vez salió mal y desde entonces aprendió a no perder el control. Allí, delante de él estaba la ciudad por la que muchas veces había conducido sin destino fijo, sin razón aparente. Allí en su baúl, seguían los pensamientos e incertidumbres… sus preguntas… Por qué ya no estás? A dónde te envió?

El cigarrillo seguía consumiéndose y el asiento ya comenzaba a enfriarse como todo alrededor de él. Un esqueleto le veía desde el asiento trasero y él por el retrovisor le devolvió la mirada. Un frío cromado palpitó en su cadera, la espina dorsal se erizó y de pronto se sintió más alerta que en cualquier momento anterior de la noche; era hora de partir. Minutos después las ruedas habían tomado carretera y la ciudad se veía más cercana. Un auto pasó a su lado y allí, en la ventana del copiloto te vió, allí estabas de nuevo, no importaba cuántas veces lo hiciera, volvías a aparecer cada noche, y cada vez pasaba lo mismo el frío ya no estaba en su cadera sino en su mano, el sudor recorría su cuerpo, la sangre llevaba el mismo ritmo que la gasolina. En su índice estaba el final, pero no otra vez no fue capaz, las llantas de aferraron del asfalto y un bólido de acero se detuvo en medio de la calle, un esqueleto reía en el asiento trasero y una lágrima rodaba en su mejilla con un pequeño reclamo. Nunca más podría volver a hacerte lo mismo.

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