2 abr. 2013

Poniendome al día...

Ya casi 3 años!

Por qué pasa uno tanto tiempo sin poder escribir algo que a uno mismo lo convenza? Lo peor es que si no es por el relato que publicó un amigo en otro blog no se me ocurre pasar por aquí para ver cómo fué que lo dejé la última vez... y me dolió ver la fecha de la última entrada...

Realmente no ha pasado tanto tiempo desde que salió de mis dedos una historia que me convenciera de tener algo bueno. Hace poco en un foro público se hizo una informal convocatoria de un concurso de relatos cortos... en serio cortos. La base principal del concurso requería una extensión de un máximo de 300 palabras. Eso es un relato bastante corto.

En un principio se me hizo un poco tonto pretender un relato coherente e interesante en tan poca extensión, pero entonces recordé el relato más corto que existe y me dí cuenta que todo está en cómo uno quiera plantear las cosas. En fin, decidí probar. Ya hace mucho que mis engranes no lograban moverse para generar algo que me gustara, así que el primer cuento, el que entraría a la ronda de octavos del concurso, fué enviado sin llegar a ser de mi completo gusto. Ni nombre logró tener el pobre!

Pero bueno, la participación en cada una de las rondas fué un éxito y por eso se me ocurrió venir a compartir cada uno de esos relatos cortos. Si aún hay alguien que pase por acá a leer un poco, espero que les gusten y que motiven aunque sea un mínimo comentario. Voy con el primero:
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Un poco más de volumen al radio, el acelerador ligeramente presionado solamente para mantener la velocidad y continuar con el placentero paseo en la desolada ciudad; a esas horas sólo algunos pocos trasnochados cruzaban su camino y le rebasaban de prisa. El viento ingresaba por las dos ventanillas y enfriaba el interior del carro, pero a él parecía no molestarle el frío decembrino que le removía la larga cabellera y le recordaba su rinitis de siempre.

La sonrisa no se borraba de su rostro, pensaba en ella, en los meses compartidos hasta ese día, en los momentos, los viajes y las pláticas.

En una esquina una muchacha estaba parada frente a dos jóvenes desorientados, uno caminando entre la pared y el poste calculando cuidadosamente cada paso para no caer de bruces, el otro recostado en el poste; ambos estaban al menos ebrios, muy ebrios. La muchacha les veía con una expresión que reflejaba preocupación e incertidumbre, mientras el del poste parecía darle un sermón con el índice apuntado hacia adelante, hacia ella. El carro cruzó al lado de ellos y sólo ella pareció percatarse de su paso, le dirigió una mirada que no pudo descrifrar; bien podía ser un reclamo por su curiosidad o una desesperada y disimulada forma de pedir auxilio.

Las calles ahora, de día o de noche, ya no son aptas ni para pedir ayuda ni para ofrecerla a cualquier extraño… debía tratarse de algo serio si realmente estaba pidiendo ayuda. Pero no se iba a arriesgar a eso. Debía seguir su camino, su paseo, y resolver su problema, por distraerse se olvidaba de su propio problema y la madrugada terminaba.

Adelante hay un barranco, mientras recuerda de nuevo esa sonrisa hermosa piensa si será bueno detenerse al borde y dejar caer el cuerpo de ella allí.

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